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Full text of "FILI MEI. Los aforistas y la paternidad"

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José Luis Trullo (ed.) 


FILI ME i 

Los aforistas y ¡a paternidad 



Libros al Albur 



1° edición, noviembre de 2018 


© de los textos, sus autores 

© de la edición y el prólogo, José Luis Trullo 

Libros al Albur 
www.librosalalbur.com.es 

ISBN: 978-84-09-06004-7 
Depósito legal: SE-1949-2018 



ÍNDICE 


9 

La astilla en el costado 
José Luis Trullo 

17 

Jordi Doce 

22 

León Molina 

23 

José Luis Morante 

25 

Jesús Cotta 

27 

Luis Acebes 

31 

Juan Manuel Uría Iriarte 

37 

Elias Moro 

40 

Jesús Montiel 

41 

Mario Pérez Antolín 

44 

Emilio López Medina 




"El amor del esposo es fuerte, pero carnal y celoso; 
el del hermano está frecuentemente envenenado por 
la envidia; el del hijo manchado tal vez de rebelión; 
el del amigo está manchado de engaño; el del amo, 
henchido de orgullosa condescendencia. Pero 
el amor del padre a los hijos es el perfecto Amor, 
el puro, el desinteresado Amor. El padre hace por 
el hijo lo que no haría por ningún otro. El hijo es obra 
suya, carne de su carne, hueso de sus huesos; 
es una parte suya que ha crecido a su lado, día tras 
día; es una continuación, un perfeccionamiento, 
un complemento de su ser. El hijo lo espera todo 
del padre, y mientras es pequeño sólo tiene fe 
en el padre y únicamente está seguro junto al padre. 
El padre sabe que debe vivir para él, sufrir por él, 
trabajar por él. El padre es como un dios terrestre 
para el hijo, y el hijo es casi un dios para el padre". 


(C. Papini) 




LA ASTILLA EN EL COSTADO 
José Luis Trullo 


Para Carmen, que abrió mis ojos 

Según una opinión bastante extendida hoy en día, 
hasta hace muy poco ser padre era una verdadera 
bicoca: dicen que la sociedad estaba organizada por 
él y en torno a él, que nada escapaba de su control y 
que no existía autoridad que no emanase de él y 
retornase a él, con frecuencia centuplicada. Yo no sé 
si eso es cierto, pues de mi padre recuerdo que sólo 
aparecía para cenar, los días laborables, y se alzaba 
muy tarde, los fines de semana... Lo que sí resulta 
indudable, a estas alturas del siglo XXI, es que si hay 
una figura cultural y social que merezca todas los 
dardos -con permiso, no por azar, de la de Dios- es la 
de la paternidad. Ser padre, ahora mismo, es casi una 
provocación. 

¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí? ¿Qué 
extrañas conspiraciones azarosas han debido de 
producirse para que, de amo del orbe, el padre haya 
pasado a ser, como quien dice, el último paria de la 
tierra? (No es mera retórica: no son pocos los que, a 
causa de un divorcio desgraciado, se han visto literal¬ 
mente en el arroyo). Es probable que el origen de las 
mutaciones que ha experimentado la cultura occiden¬ 
tal en las últimas décadas se deba, en gran medida a 
la deriva individualista propia de la Modernidad 


9 



tardía, según la cual cualquier instancia de poder 
superior a uno mismo queda en entredicho: de ahí 
que Dios y el padre sean los primeros damnificados. 
(Parajódicamente el gran beneficiario de dicha trans¬ 
formación ha sido el Estado, cuyas virtualidades 
patriarcales y casi divinas son demasiado evidentes 
como para tener que insistir en ellas: Él nos ve nacer, 
nos protege, nos educa, nos guía, nos castiga y se 
hace cargo de nosotros hasta el último suspiro). 

En el mundo del arte y la literatura, las cosas 
no resultan mucho mejores, aunque tampoco fueron 
nunca buenas del todo. De hecho, la figura del padre 
suele revestir, tanto en la literatura como en la 
pintura, un papel secundario, normalmente asociado 
al ejercicio del poder, cuando no de la amenaza y la 
represión. El propio Freud llegó hasta el punto de 
colocar como clave de bóveda del desarrollo de la 
personalidad del niño... el asesinato (simbólico, por 
suerte) del padre. 

Así las cosas, ¿qué queda de la paternidad en 
el siglo XXI? ¿Hay todavía hombres que la vivan como 
un hecho gozoso y crucial de sus existencias, incluso 
como una suerte de “bautismo” personal? Con el 
objetivo de aportar alguna luz a este asunto, capital 
en la vida de todo hombre, invité a varios autores 
muy queridos por mí a aportar los textos que ahora el 
lector tiene entre manos. 

La lectura de lo aquí reunido permite extraer, 
me parece, una primera conclusión: para el escritor, 
que es un individuo intensamente comprometido con 


10 



la palabra y, por ende, con la vida, la paternidad 
supone una experiencia radical, cuando no fundacio¬ 
nal. Incluso la mera perspectiva de ver prosperar a su 
primogénito en el vientre de la madre ya supone, 
para él, todo un seísmo intelectual y emocional. 
(Sirvan como ilustración los delicados y bellísimos 
aforismos de Juan María Uría Iriarte, escritos durante 
la gestación de su primer hijo). Y es que, a despecho 
de la tesis existencialista, nada aproxima tanto al 
hombre a la fuente del sentido como asistir, entre 
atónito y maravillado, al milagro de la vida abriéndose 
paso entre las sombras del absurdo y la constante 
amenaza de la muerte. 

Una vez alumbrado, el hijo se muestra ante el 
padre como un espejo permanente, no sólo de la 
especie en su materialidad, sino de sí mismo, en 
cuanto concreta subjetividad. De ahí la incomodidad 
que admite haber sentido en su momento Jordi Doce: 
“Me inquieta, en ocasiones, detectaren mi hija los 
mismos rasgos de carácter que ahora, en mí, defien¬ 
do y casi cultivo con orgullo”. Y es que el hijo, aunque 
individuo absoluto e irrebasable, también se nos 
presenta como un efecto de un acto nuestro: no hay 
duda de que él existe porque existimos antes noso¬ 
tros, y entre astilla y palo subsistirá una deuda mutua 
clavada para siempre en el costado. 

Y es que persiste en el alma de nosotros, los 
padres, la vaga sospecha -menos peregrina de lo que 
pudiera parecer- de que nacimos al mismo tiempo 
que nuestro retoño. ¡Somos hijos de nuestros hijos! 


11 



Su venida supuso, para nosotros, una despedida de la 
ilusión de una existencia errática, separada e indepen¬ 
diente, para emprender una vita nuova compuesta a 
partes iguales de dichas y desdichas, sabores y sinsa¬ 
bores, miedos y audacias. “La paternidad obliga a 
desplazar cada cosa un poco a la izquierda. Variar el 
eje de coordenadas. También los valores gravitato- 
rios”, apostilla Uría Iriarte. Un auténtica revolución 
copernicana: ser padre significa abrirse a una natura¬ 
leza sobrevenida, redimida incluso, merced a la cual 
uno accede a una visión más completa de sí mismo y 
de su existencia sobre la tierra. 

Esta metamorfosis íntima a la que obliga la 
paternidad arroja al hombre a una nueva percepción 
de su papel en el mundo, y ello puede causar estragos 
insospechados. Lo define bien Cotta en su aforismo: 
“El hombre con hijos es más vulnerable. Por eso tiene 
que ser más fuerte”. Todo aquel que tenga hijos 
habrá experimentado esta extraña mutación, que no 
deja de recordarle su rara dependencia del ser que de 
él depende. El hasta ahora fuerte se siente débil ante 
la nueva perspectiva de tener que proteger al nuevo 
hijo, y de ahí debe extraer la energía necesaria para 
cumplir con su deber, quizás el más irrenunciable, de 
cualquier persona bien nacida: el de velar por la segu¬ 
ridad de su prole. 

He aquí un aspecto que, a mi entender, 
resulta esencial, y que explica muchas cosas acerca 
de la crisis sociocultural que experimenta Occidente 
en el siglo XXL La paternidad para el hombre (así 


12 



como la maternidad para la mujer; en esto, como en 
tantas cosas, hay pocas diferencias naturales) implica 
medirse cara a cara con una dimensión, la del deber, 
para lo cual el individuo posmoderno ha perdido toda 
sensibilidad. No hay deber más natural y humano que 
el de ocuparse y preocuparse por el hijo. Abdicar de él 
nos supone una perspectiva aberrante. Se me ocu¬ 
rren pocas cosas peores que un padre negligente, 
más preocupado por su propio bienestar que por el 
de su hijo. Y, sin embargo, es el pan nuestro de cada 
día. Tanto es así que, en la actualidad, y gracias a las 
técnicas de reproducción asistida, no son pocas las 
mujeres que prefieren abordar su maternidad sin la 
concurrencia de un hombre... tan poco confía en él. 

¿Qué puede esperarse de un mundo en el 
cual los padres que no han sido apartados de su dere¬ 
cho a velar por sus hijos, han dimitido de su deber de 
hacerlo? Desde luego, nada bueno. Ante todo, por¬ 
que es un síntoma de una decadencia absoluta. Un 
ser que no es capaz de asumir el inmenso reto de la 
paternidad ha perdido, en mi opinión, el contacto con 
lo que le ha hecho humano. Porque, como nos 
recuerda Doce, “la paternidad cabalmente asumida 
nos arroja al circo de las emociones primarias, de los 
sentimientos que se tocan por intuición”. Y una 
civilización que le da la espalda a las emociones 
primarias, genuinas, está condenada a desaparecer... 
materialmente o, lo que es peor, moralmente. 


13 




“El hombre no ama radicalmente 
más que al propio hijo y la propia obra”. 

(F. Nietzsche) 


“Al convertirnos en padres, 
la vida nos poetiza” 


(E. Dukelsky) 




JORDI DOCE 


Su hijo es quien más se le parece, pero no sabe nada 
de él. Su hijo es quien más se le parece, pero no 
sabría reconocerlo. 

* 

Está uncido a sus hijos y le es imposible detenerse, 
tomar aliento, no mirar otra cosa que el surco y los 
grumos de la tierra. 

* 

En el país de los sordomudos, el silencio tiene treinta 
y siete vocablos diferentes. Ansiosos, los padres 
esperan la primera palabra de sus retoños: una mano 
abierta, la palma posada débilmente sobre los labios. 
Se da cuenta, con aprensión, de que todo está de 
algún modo en la infancia. Y la aprensión se convierte 
en ahogo cuando mira a su hija. 

* 

Sabemos que jugares el modo inconsciente en que 
un niño aprende a ser adulto. Lo que nadie se 
molestó en añadir es hasta qué punto la adultez 
consiste, inversa y hasta perversamente, en jugara 
ser adulto. 


17 



Vaga inquietud, de repente, por no haber guardado 
los dientes de leche de su hija. ¿Por qué no estuvo 
más atento y los puso a buen recaudo cuando debía? 
Absurdo, desde luego, pero no puede evitar una 
punzada de remordimiento cuando piensa en esos 
fragmentos de marfil incipiente olvidados en un 
rincón, o tirados directamente no sabe dónde. Un 
descuido turbador, algo como un sacrilegio a escala 
doméstica. 

* 

El libro era perfectamente inteligible. Pero, como lo 
firmaba su hijo, no entendía una palabra. 

* 

Mientras salimos de casa, mi hija me cuenta su último 
sueño, del que se acuerda con detalle porque la he 
despertado en pleno metraje. Había una casa nueva, 
dice, pero en aquel espacio recién estrenado su 
habitación seguía siendo la misma, aunque «sin los 
pósters». Era igual, sí, pero también más neutra, más 
oscura. De pronto se encontró en un ascensor con 
dos chiquillas. Mientras subían se dio cuenta de que 
se llamaban como ella; en realidad -me aclara- «eran 
yo, pero cuando era pequeña, cuando tenía siete y 
tres años, como en las fotos». 


18 



Me inquieta, en ocasiones, detectar en mi hija los 
mismos rasgos de carácter que ahora, en mí, defien¬ 
do y casi cultivo con orgullo, como si animaran la 
armadura que me permite avanzar y rehacerme cada 
día. La contradicción me desconcierta. ¿Lo que es 
válido en mi caso no lo es en una niña de cuatro años 
y medio? ¿Pienso, quizá, que no sabrá manejar sus 
rarezas y asimetrías? ¿Y acaso no tuve yo que apren¬ 
der a manejarlas? Pero de nada sirve que su padre 
haya encontrado una puerta, ella tendrá que encon¬ 
trar la suya y en esa búsqueda, inevitablemente, se 
hallará sola. Aunque lo penoso no es la soledad en sí, 
sino lo que cuesta, lo que se tarda en domarla... 

* 

Los que tenemos hijos sabemos bien hasta qué punto 
ciertas renuncias -empezando por las más triviales- 
pueden ser un privilegio del que es obligado, a su vez, 
renunciar, para no interferir en su desarrollo o reducir 
el número y la calidad de las herramientas con que 
han de entrar en la vida. Dicho crudamente: ellos no 
tienen la culpa de nuestras limitaciones. Aunque si 
algo distingue a los hijos es justamente su destreza 
para ubicar la limitación de los padres, su flanco débil, 
y golpear ahí cuando es preciso (todo hijo acaba 
siendo un cuervo para sus padres, al menos por un 
instante). ¿Así que, haga lo que haga, está uno 
condenado a hacerlo mal? En gran medida, y la única 
forma de reducir o amortiguar el golpe es mantener 


19 



abierto el abanico de vida comunicable, hacer que el 
aire fluya. They fuck you up, your mum and dad. / They 
may not mean to, but they do, escribía con humor 
exasperado Larkin, pero el axioma no está escrito en 
piedra ni es irrevocable. Hay un grado de consciencia 
que supone admitir, sin derrotismos, nuestra natura¬ 
leza falible. Sí, todos nuestros actos, también nues¬ 
tros no-actos, nuestras dimisiones, están sujetos a la 
injerencia de ese trickster que llevamos dentro y que 
malogra eso mismo que tratamos de fundar. Somos 
nuestro enemigo más íntimo y no obstante, como la 
paloma de la metáfora kantiana, sin la fricción y el 
debate con ese enemigo seríamos muy poco, tal vez 
nada. Retirarse, renunciar, significa en el mejor de los 
casos fundar un centro invertido, sombrío, que tira de 
su entorno y lo deforma; en el peor, dejar un terreno 
baldío que la maleza inundará muy pronto, hasta 
asfixiarnos. 

* 

Midwinter spring ¡s its own season... Días casi prima¬ 
verales, lustrados por un sol bullicioso y palpable. 
Pocas veces he visto, aquí en Madrid, una luz más 
fresca, más limpia. Era la misma de finales de marzo, 
pero aún se sentía en ella el punzón del hielo, la rara 
transparencia del aire aterido. En el bulevar, las 
acacias tomadas por el sol exhibían en sus hojas un 
aura escueta, del color y el brillo de un filamento de 
bombilla. Yo volvía a casa con mi hija en un estado de 


20 



perfecta felicidad, envueltos los dos en nuestra 
propia estación de alivios y complicidades. En una 
mano sostenía una mandarina, y con la otra iba 
dándole gajos que ella comía con avidez. El olor de la 
fruta nos acompañaba como una suerte de aura 
olfativa, el breve filamento de bombilla que ambos 
habíamos encendido sin darnos cuenta. 

* 

La paternidad cabalmente asumida nos arroja al circo 
de las emociones primarias, de los sentimientos que 
se tocan por intuición. De ahí al sentimentalismo de 
cartón piedra hay un paso, que conviene trascender o 
sublimar si queremos ofrecer un retrato veraz de 
nuestros miedos y afectos. A los escritores que han 
decidido no tener hijos, o para quienes estos han sido 
figuras prescindibles, se les suele distinguir, me 
parece, por cierta sequedad de humor, cierta acritud 
casi palpable que pone un punto ciego, un charco de 
sombra, en el cristal de diamante, admirable y 
riguroso, de su escritura. 


21 



LEON MOLINA 


Tan solo me consuela un pensamiento, 
el tiempo de que de mí se escapa 
rumoroso fluye hacia ti. 


22 



JOSE LUIS MORANTE 


Desde hace años sus formas corporales mienten: es 
una niña. 

* 

Ayer, cuando me abrazaba, fui el plano exacto de la 
idealización. La isla del tesoro de sus cuentos. 

* 

Soy una paternidad miope, canosa, llena de certezas 
fantasmales y consejos ingrávidos. 

* 

Ser padre es una espera bajo la luz estival del medio¬ 
día, una cosecha de insolaciones. 

* 

En casa cumplimos a diario los ritos menores de la 
convivencia. Pero cada uno de nosotros oculta 
músculos y nervios de un extraño enraizado en el 
corazón. 


23 



Callejea mi inquietud. Antes de que salgan de casa ya 
es urgente su búsqueda. 

* 

El otoño amarillo de los calendarios cambia los 
argumentos. Escribe tramas de fracturas, grietas y 
tachones. 

* 

Fueron tapiando vanos. Ahora su única ventana al 
pasado es la desmemoria. 

* 

En las conversaciones de sobremesa, muestro para 
ocultar. Digo el rumbo y callo los desvíos. 

* 

Una paternidad minimalista. Sin hijos. 

* 

Aquel día las riñas familiares alcanzaron sonidos de 
campana; anunciaban la fiesta mayor de la 
posteridad. 


24 



JESUS COTTA 


Tu hijo va a venir al mundo sin querer. ¡Qué menos 
que quererlo luego como es! 

* 

En el hijo que te acaba de nacer ya hay un sitio guar¬ 
dado para ti; no lo llenes de malas palabras, malos 
humos y mala sombra. 

* 

Lo más grande que puede hacer una persona en este 
mundo es otra persona. 

* 

Lleva niños al hombro, échate carreras con ellos, 
enséñales el nombre de las estrellas y a no tener 
miedo a los perros y a devolver lo robado. Pon los 
puntos sobre las íes y luego besos en la frente. En fin, 
sé padre: no hay nada más poderoso, provocador e 
importante. 

* 

El padre no es imprescindible, pero sí Insustituible. 


25 



Solo una cosa hay más vital, entusiasta y bella que ser 
un padre joven: ser un abuelo joven. 

* 

El hombre con hijos es más vulnerable. Por eso tiene 
que ser más fuerte. 

* 

Los padres no mueren: van al cielo para ayudar mejor 
a sus hijos. 

* 

La primera risa de tu hijo es su forma de decirte con 
campanillas de plata: “Vine al mundo sin querer. Pero 
ahora ¡sí quiero! Gracias gracias gracias. También yo 
tendré hijos para darles lo mismo”. 

* 

Como sigas tratando a mi perro mejor que a mi hijo, 
olvídate de mi amistad. 

* 

Padre, tú que no has dado la sangre y el pecho a tu 
hijo, dale tu aliento y tus principios. 


26 



LUIS ACEBES 


Título. El título de padre es uno de los pocos que se 
otorgan antes de haber demostrado nada. 

Tercer año. Está en un campamento de surf en 
Asturias. Es el tercer año. Manda fotos con el traje de 
neopreno y ese pelo rosa al que todavía no nos 
hemos acostumbrado. En una aparecía sujetando la 
tabla con una amiga. Cada año que pasa aprendo a 
que no se me note tanto que la echo de menos. La 
cuerda cada vez es más larga. No puede ser de otra 
forma. Me conformo con sus mensajes esporádicos 
que se limitan a fotos y emoticonos. Parece que las 
palabras sobren cuando es verano y tienes dieciséis 
años. Alguna noche llama a su madre. Las oigo hablar. 
Nuria tumbada en la cama a esa hora en que el 
mundo parece hacerse de nuestra altura y resulta 
humano, como si nos confesara a media voz que 
también tuvo inquietudes de joven y que admira lo 
que hace Caravaggio con la luz en algunos cuadros. Al 
rato dice mi nombre en alto por si quiero hablar con 
mi hija, pero le digo que no porque sé que la con¬ 
versación le alimenta más a ella. Iba a decir: así somos 
los hombres; pero sinceramente no sé cómo son. 

Sólo me conozco a mí. Hablo poco. Me gustan las 
escenas de películas en la que aparecen hombres que 
también hablan poco y toman café y miran al cielo y 
después no dicen nada, aunque minutos después 


27 



demuestren tener un gran corazón, quizá demasiado 
grande y aparatoso para llevarlo toda una vida a 
cuestas. 

Pedir a gritos amor. Había una pareja en la piscina. 
Tenían un bebé. Ella extendió su pareo sobre la 
capota del cochecito, más para protegerle de los 
mosquitos que del sol. Al rato se sentó en el suelo y 
utilizó el pareo de bandolera para darle el pecho. 
Todo sucedió ante mis ojos. Tenía el móvil en la 
mano. Sonaban alertas. Gente que comentaba lo que 
había escrito sobre el Orgullo hacía unas horas. Pensé 
que ojalá estuviesen viendo lo que veía yo. Los 
grandes asuntos de la vida pasan de puntillas ante 
nosotros. No necesitan palabras ni padrinos. Una 
mujer dando de mamar a su hijo sobre el césped de 
una piscina al noroeste de Madrid. La vida es más 
hermosa cuando nos tropezamos con ella mientras 
sucede. No había nubes en el cielo arrastrando sus 
maletas sucias, sólo ese azul incomprensible que 
tiene la cortesía de cobijarnos a todos, equivocados o 
no, pacientes, solitarios, aturdidos, locos, hambrien¬ 
tos de milagros, como niños maleducados que 
pidiesen a gritos amor. 

Papá. Vino una monja y le tomó la tensión. No hable 
ahora, le dijo mientras le ajustaba el brazalete. Mi 
padre conserva el gusto por la conversación intras¬ 
cendente, aprendida de tantos años tratando con el 
público en el banco en el que trabajó. Fiel a mi deter- 


28 



minación de considerarle mi opuesto, siempre evité 
esa forma de relacionarme, aunque ahora me parezca 
un intento cándido de seguir en el mundo, como el 
gorjeo de un ave con un defecto físico que nadie 
mirase. Me pregunta la hora. Se la digo y cierra los 
ojos. Al rato vuelve a preguntarla para ver si el tiempo 
ha avanzado. Los ancianos regresan a la infancia 
cuando están perdidos. Siento el aire refrigerado 
subiéndome por las piernas. El sonido de los coches 
llega miniaturizado a la habitación y se pone a jugar 
con el silencio. No hablamos. Creo que nunca lo 
hemos hecho. De vez en cuando lee pasajes de su 
vida en voz alta y yo hago como que no los conocía. 

Se llama sobrevivir. Una épica de mesa camilla. 

Ambos lo hacemos. Desde la ventana se ve un trozo 
de cielo, un azul desvaído que ahora imagino de ese 
color de lo que queda en el estómago cuando ya lo 
has vomitado todo y te crees vacío y puro, como una 
ausencia interior que se dejase tocar. 

Poemas ajenos. Mi hija ha escrito un poema que no 
me quiere enseñar. Sólo sé que su profesora de 
Literatura (ahora se llama Lengua, como si al casarse 
hubiese perdido el apellido de soltera) lo alabó en sus 
notas finales e incluso tuvo un aparte con ella en un 
pasillo que acabó en abrazo y una sentencia muy 
femenina. La profesora guardaría aquel poema 
porque sabía que Alba acabará siendo una gran 
escritora. Pero yo no lo puedo leer. Me da mucha 
vergüenza, papá, me dijo ayer por teléfono. Tú eres 


29 



un escritor profesional (nada más lejos de la realidad) 
y seguro que te parece malo. Supongo que mi hija se 
basa en el hecho de que haya publicado algunos 
libros que fueron directamente a mi biblioteca sin 
pasar casi por el mundo. Unos libros tan tímidos y 
antisociales como su autor. Recuerdo los poemas que 
escribía a su edad y la carpeta de tapas azules en la 
que los guardaba. Hasta el sonido de las gomas al 
cerrarla, que parecía ingenuamente ponerfin a la 
tarea creativa. Ese ¡clac! era real y hacía que yo 
también existiera. Cuando años más tarde tiré la 
carpeta, me quedé sin la aprobación de su sonido y 
sin esa parte de mí que juraba estar haciendo lo que 
hacía. Todo se convirtió en un principio en busca de 
sentido y éste riéndose en secreto de mi determina¬ 
ción de explorador que golpea su mapa con los dedos 
ante un extraño para demostrar que todo está ahí 
escrito, que nada es inventado ni está loco. Ahora me 
toca hacer que no me importa. Es su carpeta azul. 

Son sus mapas. He de poner mi cara de oír llover, la 
que tantas veces me ha servido para hacer que la vida 
siguiera como si nada. 


30 



JUAN MANUEL URÍA IRIARTE 


Dame tú el tono, hijo. 

* 

Me estás enseñando a ser el arquitecto de mi memo¬ 
ria, el que organiza el tiempo del pensamiento. Y aún 
no has nacido. ¿Cuánto no me quedará por aprender 
cuando lo hagas? 

* 

Tener un hijo y reaprender el lenguaje desde su pala¬ 
bra original, poética. 

* 

Huella material de mi paso; consecuencia física de mi 
amor. 

* 

No traicionaré la patria en que has convertido a tu 
madre; única que reconozco y en la que enajeno, 
voluntariamente, mi identidad. 

* 


31 



En ti reconozco una verdad radical. Un estado de la 
naturaleza propio del espíritu. Lo más cercano a la 
poesía, al misterio estructural de lo que somos. 

* 

Eres la afirmación más rotunda, la concreción 
palpable, material, de mi esperanza. 

* 

Qué te diré de la poesía que ya no sepas en ese 
adentro generador. 

* 

Estado sin contraste el tuyo, permaneces todavía en 
la unidad sin reflejo. Lo más parecido que se me 
ocurre a un dios. 

* 

Apoyo delicadamente mi cabeza en la tripa de tu 
madre; sólo una fina capa de piel nos separa. Así 
espero, pacientemente, a escuchar lo que tengas que 
decirme. 

* 


32 



Esos giros tuyos, repentinos, que son como un len¬ 
guaje original de la vida, el baile improvisado de un 
cuerpo en formación. 


* 

Espero que me recuerdes lo que fatalmente he ido 
olvidando. 

* 

La paternidad obliga a desplazar cada cosa un poco a 
la izquierda. Variar el eje de coordenadas. También 
los valores gravitatorios. Y la perspectiva se adecúa a 
la nueva realidad como la mirada de un pintor impre¬ 
sionista ante la naturaleza cambiante. 

* 


“Darte a luz”, alumbrar el espacio con tu existencia, 
con tu tiempo que ya empieza. 

* 

Por fin podré hacerlo: elevarte a lo alto, hacia 
Levana, como hacían los antiguos. 

* 


33 



Te celebro, hijo mío, como quien pisará esta tierra 
con mayor acierto que yo. 

* 

En tu mano derecha pondré una piedra; en la 
izquierda, un lápiz. 

* 

¿Sabes qué?Tu madre nos da permiso para pintara 
nuestro antojo sobre una pared de la casa. 

* 

Contigo le daré sentido y fondo a la palabra “padre”. 
* 

La poesía es la lengua que te dejaré. El plumín con 
que dibujarás. La lupa con que mirarás las cosas para 
saber qué son, qué encierran. 

* 

Que sólo el amor se interponga entre nosotros como 
un puente indestructible. 


34 



Intentaré estar a la altura de lo que dicta ahora mi 
conciencia. 

* 

Envidio a tu madre; esa comunión vuestra tan íntima, 
orgánica y espiritual. 

* 

Te dejaré consagrar la mesa; partirás el pan. Me hon¬ 
rarás haciéndome tu compañero. 

* 

A mi hijo, el lenguaje, la poesía, todo el mundo. 

* 

Hoy hemos escuchado por vez primera el latido de tu 
corazón. 

* 

Hijo, te estaba esperando. 

* 

Te prometo que construiremos muchos castillos en el 
aire. 


35 



Eres absolutamente futuro. 


* 

No me cabes en un aforismo. 

* 

Gracias por traerme este desequilibrio. Gracias por el 
vértigo, por la incertidumbre; por la aventura que 
abres ante mí como un camino inédito. 


36 



ELIAS MORO 


En la mirada de mis hijas palpita la raíz de mi mundo. 
* 

Padres indignos, crueles, padres que no tendrían que 
haberlo sido nunca. 

* 

Ese latido irrepetible del hijo en brazos por primera 
vez. 

* 

Hay padres-espejo y padres-muralla; a ambos convie¬ 
ne rodearlos de vez en cuando. 

* 

Desde Freud, todos somos culpables de parricidio. 

* 

Ignoras por completo el cómo y el porqué, pero un 
hijo siempre te vuelve más sabio; cosa distinta es lo 
que sepas hacer con ese regalo que has recibido. 


37 



No sobrevivir a mis hijas: ese es mi plan. 

* 

El turno de trabajo de ser padre sólo acaba con la 
muerte. 

* 

Hay quien, pobre de espíritu, prefiere criar cuervos a 
hijos. 

* 

El resquemor eterno del hombre por no poder ser 
madre. 

* 

El abuelo tronco, la hija rama, el nieto yema, la nieta 
flor. 

* 

Ser padre: caer a la lona varias veces todos los días. Y 
volverá levantarse como si nada. 


38 



En la vejez, casi todos los caminos empiezan a ser 
cuesta arriba. 

* 

El nieto recién nacido es el prólogo nuevo del abuelo 
casi muerto. 

* 

Si quieres que tus hijos te quieran, merécelo. Porque 
de eso se trata. 

* 

Ese abrazo imprevisto de la nieta que te estremece, y 
te enternece, los días. 

* 

La risa del nieto, ese eco de eternidad. 

* 

La paternidad consiste en ayudar a ser. 

* 

Hay dolores tan viejos que sólo puede curarlos el 
abrazo de un hijo. 


39 



JESUS MONTIEL 


Mis hijos me arrebatan el tiempo, pero lo llenan de 
sentido. 

* 

Ser padre es contemplar cómo crece otra memoria. 

* 

El corazón de los padres es polifónico. 

* 

El niño enfermo duerme en la cuna del dolor. Lo 
mecen las oraciones que sus padres, cada noche, 
pronuncian en silencio. 

* 

Mis hijos me dan a luz. 

* 

Cada mañana, mis hijos me enseñan la lección de una 
confianza inalcanzable para el adulto. Nada más abrir 
los ojos, sonríen porque saben que al otro lado de la 
sombra está el amor que los alimenta. 


40 



MARIO PÉREZ ANTOLÍN 


Lo que nos angustia no es que esto se acabe, sino que 
nadie recuerde al secundario que hizo un pequeño 
papel en una película hace tiempo olvidada. Borrar el 
pasado equivale a no acontecer. No por otra cosa 
tenemos hijos: son los notarios que dan fe de nuestro 
paso por la vida y certifican nuestro fracaso. 

* 

Los padres no pueden ni deben prevenir la caída 
segura de sus hijos durante la adolescencia; a lo 
sumo, amortiguarán el golpe y darán una segunda 
oportunidad. Quitar a nuestros retoños la posibilidad 
de equivocarse los haría menos resistentes a la 
abrasión social y más vulnerables a la decepción. El 
carácter se forja con los mandobles del desconcierto. 

* 

—Papá, no quiero ser como tú. 

—Haces bien, yo tampoco quiero ser como yo. 

—Pues, entonces, estamos de acuerdo. 

—Hijo, desde que naciste llevo negándome para que 
te afirmaras. 

—Y ahora, ¿qué vas a hacer? 

—Alejarme de ti, hasta que vuelvas a mí. 

—¡Que tengas suerte! 


41 



Veo a mi hijo reclamando con urgencia el báculo pa¬ 
triarcal; y yo, que quiero ahorrarle tanto sufrimiento, 
tentado estoy de acelerar el relevo para que soporte 
solo este baúl repleto de responsabilidad y de olvido. 

* 

Hoy cumple mi hijo catorce años. Él no me debe nada. 
Si no fuera por su afán, yo dejaría de comprender. 

* 

El amor se compadece mal con la acrimonia; de ahí 
que la mayoría de los padres, cuando tienen que 
enderezar a sus hijos, prefieran un compromiso 
indulgente antes que una severidad justa. 

* 

Ella me dijo, durante mi hospitalización, que lo 
fundamental de su biografía estaba en las tres 
cicatrices de su cuerpo: la que no podía disimular su 
vello púbico le recordaba, a diario, aquel hijo deseado 
que terminó siendo este extraño de la foto; la de la 
mejilla derecha le impedía olvidar a un marido que, 
poco después de la boda, se convirtió en su peor 
enemigo; y la más reciente, aún con los puntos de 
sutura, era la de una biopsia que no presagiaba nada 
bueno, salvo que sería el último zurcido de su 
desdichada vida. 


42 



Cada vez existo más como recuerdo futuro de mi hijo 
y menos como presencia actual del que hace. Pierde 
peso la operación y lo gana el archivo. 

* 

Tú, que todo lo sabes, dime: ¿cómo se le dice a un hijo 
que perderá a su padre dentro de tres meses? Tú, que 
todo lo contienes, dime: ¿dónde se esconde la 
materia que no cabe dentro del espacio inabarcable? 
Tú, que a nadie decepcionas, dime: ¿por qué me 
pareces tan sumamente indefenso? ¿Será que yo te 
incluyo en lo mío mientras que ellos se integran en ti? 

* 

Los hijos que no se ocupan de enterrar a sus padres 
comienzan pronto a desnacer. 

* 

La gran injusticia socioeconómica no consiste en que 
uno, en el transcurso de su vida, y gracias a su 
esfuerzo, acumule un patrimonio importante, sino en 
que esa riqueza la reciba de sus padres sin otro 
mérito que la simple descendencia. Por eso, si de mí 
dependiera, aboliría la herencia para acabar con la 
reproducción y la perpetuación genealógica de la 
desigualdad. 


43 



EMILIO LOPEZ MEDINA 


Aquel que tiene hijos ya no podrá esconderse de la 
vida. Este es quizás el precio más gravoso de la 
paternidad. 

* 

El único amor que vive de migajas es el amor de los 
padres a los hijos. El otro, el que todos sabemos, 
quiere la tarta entera. 

* 

Con el cariño de los padres, el hombre ya ha tenido, 
cuando niño, la mitad de la ración que necesita a lo 
largo de su vida. 

* 

Ni los padres ni los hijos se conciben a sus hijos como 
viejos. Así, permanecen unos y otros siempre como 
niños en sus relaciones. 

* 

Todo está ya juzgado antes de cumplir los trece años. 
Los padres, los primeros. 


44 



Uno empieza a envejecer sólo cuando sus hijos 
pierden su niñez. 

* 

De la misma manera que un enfado matrimonial es, 
en su fondo, un enfado contra la vida que se descarga 
sobre el cónyuge, el enfado de los hijos es un enfado 
cósmico que se descarga sobre los padres. 

* 

Si no has llegado a ver llorar a tu padre, entonces no 
has visto hundirse el Universo, tu Universo. 

* 

La sensación que queda cuando un hijo se hace 
mayor y se marcha no es más que la consciencia de 
haber estado fiando nuestra vida al viento, que ahora 
pasa por nuestra puerta y se lo lleva. 

* 

La separación de un amigo es la ruptura de la 
sociedad, la separación de un cónyuge es la ruptura 
de la vida, la separación de la madre es la ruptura de 
uno mismo; la separación de un hijo es la ruptura del 
Ser. 


45 



A los hijos no hay que dejarles grandes riquezas en 
herencia: a lo sumo, una caja de herramientas (si es 
posible, espirituales). 

* 

Sólo cuando uno se hace un poquito mayor se da 
cuenta de la poca diferencia de edad que hay entre 
sus padres y él, y en general entre padres e hijos. Se 
da cuenta de que sus padres y él ¡han llegado a viejos 
al mismo tiempo! 

* 

No he sido más feliz que cuando llevaba a mis hijas de 
la mano a la escuela... Yo también he tenido, como 
todos, mi ración de felicidad en esta vida. 


46 



"Difícil abandonarse a la vida con confianza, dar 
crédito a cosa alguna, difícil creer en nada si no 
hemos ido creciendo,sintiéndonos guiados por una 
mano fuerte y delicada que sabe medir, mirados por 
una frente ante la cual no cabe ninguna simulación, 
enlazada nuestra fragilidad a un principio 
invulnerable. Ningún terrible suceso posterior podrá 
acabar con esta 'educación' cuando se ha tenido; 
ninguna catástrofe podrá llevarse esta confianza 
originaria. Ningún rencor podrá borraren el alma el 
peso de esta ternura venida de lo alto. 

Ninguna injusticia podrá desterrar del alma 
esta ingenua confianza en la vida de quien fue guiado 
por ella paternalmente en sus primeros pasos". 


María Zambrano, “La paternidad” 
(Hada un saber sobre el alma) 


47 




<<tSE 


Libros al Albur 

Sólo Aforismos 


AA.W., Aforistas españoles vivos 

AA.W., Aforistas franceses clásicos 

AA.W., Las cosas que no son. Los aforistas y Dios 

AA.W. Fili mei. Los aforistas y la paternidad 

Emilio López Medina, La ambición 

Franklin Fernández, Trizas 

Félix Trull, Metas volantes 

Benjamín Barajas, Misantropías 

Emilio López Medina, 69 aforismos porno 

Geyser Dacosta, Acus 

Miguel Cobo Rosa, Tautogramas 

Félix Trull, Líneas de flotación 

Ramón Eder, Pequeña galaxia 

Francisco Ferrero, La revolución de la paciencia 

Antonio Rivero Taravillo, Vida en común 

Emilio López Medina, El arte ¡ovial 

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